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11 Febrero, 2026
En el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia hablamos con la paleontóloga Laia Alegret (Huesca, 1975), catedrática de la Universidad de Zaragoza y académica de número (medalla 33) de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de España, que se dedica a investigar los cambios climáticos y otros eventos globales del pasado, sus causas y consecuencias mediante análisis de fósiles.
Entre los logros de la científica destacan su análisis del impacto del asteroide que desencadenó la quinta gran extinción en masa a finales del Cretácico, así como su expedición para buscar nuevos datos sobre el desconocido continente Zelandia, sumergido bajo las aguas del Pacífico Suroeste.
Lo que más me fascina es que los fósiles son una ventana al pasado, el hecho de que, simplemente observando el resto fósil que dejó un organismo hace millones de años, seamos capaces de reconstruir la temperatura del pasado, cómo era la productividad oceánica, cómo era el pH de las aguas, su salinidad… Son muchísimas características del pasado que nos permiten casi estar viéndolo, transportarnos a ese momento para ver cómo eran esas condiciones de hace millones de años. Es fascinante que, a partir de los fósiles, podamos deducir tantísima información.
Gracias a distintas investigaciones, en algunas de las cuales usted ha participado, conocemos el comportamiento de los procesos geológicos así como del cambio climático. ¿En qué difiere el cambio climático al que nos enfrentamos a día de hoy con respecto a otros calentamientos globales acontecidos en el pasado, como el del tránsito Paleoceno-Eoceno, hace 55 millones de años?
Se diferencia en la rapidez. En el registro geológico tenemos varios ejemplos de momentos de calentamiento, algunos provocados por emisiones naturales de gases de efecto invernadero, por ejemplo, a través del vulcanismo. La diferencia es que, en el pasado, esta liberación de gases se producía de una forma más lenta y daba tiempo al planeta, a los océanos, a adaptarse. En la actualidad, el hombre ha liberado una gran cantidad de gases efecto invernadero en un periodo de tiempo muy corto, apenas desde la Revolución Industrial. El planeta no está teniendo tiempo para adaptarse, para acomodar la geoquímica de los océanos y de la atmósfera, y eso está provocando una serie de consecuencias como la acidificación oceánica, que afecta a los ecosistemas marinos. Son cambios muy rápidos, y el planeta y la vida no tienen tiempo para adaptarse. Es lo que se llama «la tasa de cambio», la velocidad de cambio es extremadamente alta en la actualidad.
Porque nos permiten conocer cuál ha sido la respuesta a eventos de calentamiento u otro tipo de eventos en el pasado, eventos de distinta magnitud y distinta naturaleza. Eso nos da una información muy buena sobre cómo respondió el planeta en cada uno de ellos y nos permite construir modelos climáticos. Esos modelos, basados en datos del pasado, se emplean para hacer proyecciones de cara al futuro. Muchos de esos modelos climáticos son imperfectos, o no funcionan para reproducir datos que ya conocemos del pasado. Si no son capaces de reproducir lo que ya conocemos, ¿cómo van a ser capaces de predecir la respuesta futura al cambio climático? Precisamente, el estudio de los fósiles y las rocas nos permite analizar los eventos del pasado, y aportar cada vez más datos para refinar los modelos climáticos. Cuanto más los mejoremos, nos permitirán predecir de una forma más precisa las consecuencias del actual cambio climático.
De hecho, ¿cómo es posible que en el siglo XXI todavía no se hubiera reconocido como un continente? Esto se debe a varios motivos. Uno de ellos es que está localizado en un lugar muy remoto, en el Océano Pacífico. Y es difícil llegar. Además, está sumergido en un 94% de su superficie. Sólo aflora el 6% de Zelandia, que son sus montañas más altas: Nueva Zelanda, Nueva Caledonia y unas pequeñas islas del Pacífico. Sólo vemos los picos de sus montañas más altas. El resto del continente se encuentra sumergido, en muchos casos a miles de metros de profundidad. Para conocer ese continente, tenemos que irnos a miles de metros de profundidad bajo el Océano Pacífico. Y eso requiere mucha financiación, tecnología, tiempo y equipos humanos que permitan realizar esos estudios. Todo eso no se produjo hasta el año 2017, cuando por fin se logró organizar la primera expedición internacional a Zelandia para poder obtener muestras de los fondos marinos y estudiar este continente en detalle, explorarlo por primera vez. Ese es uno de los motivos, un motivo práctico, técnico, lograr tocar este continente.
Otro motivo de por qué no se había hecho antes es porque se encuentra en aguas que pertenecen a distintos países. Estamos hablando de la parte suroeste del Océano Pacífico, que corresponde al Mar de Tasmania. Y en el Mar de Tasmania hay parte que pertenece a Australia, parte que pertenece a Francia, por la isla de Nueva Caledonia, y parte que pertenece a Nueva Zelanda. Había muchos intereses por las aguas, por los recursos, y era una zona digamos que políticamente conflictiva para explorar. Había que poner de acuerdo a todos los países colindantes para que se permitiera hacer una exploración internacional que incluyera zonas de todos esos países.
Bueno, esa es una pregunta muy interesante y muy complicada. Habría que hablar de varias cuestiones. Por un lado, la tectónica de placas, que es lo que provoca que una parte de Australia y de la Antártida se separe y cada vez se encuentre más lejos; se va desplazando, pero a la vez va rotando y moviéndose verticalmente, debido a los movimientos de placas. A lo largo de millones de años, hubo momentos en los que Zelandia estuvo emergida y hubo tierra firme con vegetación e insectos, y otros momentos en los que se hundió a miles de metros de profundidad en el Océano Pacífico. Por un lado, tenemos esos movimientos de Zelandia en el espacio, en horizontal y en vertical.
Pero, por otro lado, tenemos lo que se llama la subducción de placas tectónicas, cuando una placa se hunde por debajo de otra. Al hundirse, provocan fricción, mucho calor, se funde el manto y asciende a la superficie en forma de magma, generando una gran actividad sísmica, y volcanes. De hecho, Zelandia se sitúa en parte de lo que se conoce como el anillo de fuego del Pacífico, un conjunto de zonas de subducción que rodean todo el Océano Pacífico. Es la zona más activa del planeta en cuanto a terremotos y actividad volcánica. Esa actividad volcánica también contribuye al cambio climático a través de las emisiones de gases invernadero.
Tenemos la tectónica de placas, por un lado, con estos movimientos de Zelandia. Por otro, la subducción de placas y también los cambios en las corrientes oceánicas, porque, si hay un continente que se está moviendo, eso afecta a las corrientes oceánicas. Los movimientos verticales del continente afectaron a las corrientes oceánicas, que tan importantes son para transmitir el calor a través de los océanos.
La conjunción de esos factores contribuyó al cambio climático. Es una respuesta muy larga, porque la pregunta es compleja, pero lo interesante es que, al tener registros de Zelandia, podemos analizar la respuesta de la atmósfera, del océano y de los organismos marinos a esos cambios climáticos a lo largo del tiempo.
En la actualidad, estamos viviendo la sexta gran extinción en masa. Ha habido cinco anteriores, las conocidas como The Big Five, que corresponden a momentos con una alta concentración de extinciones. Incluyen la mayor de todas las extinciones de la historia de la Tierra, que es la de finales del Pérmico. Otra de las grandes extinciones es la de finales del Cretácico, la que acabó con los dinosaurios, entre otras muchas especies. En la actualidad estamos viviendo la sexta, se están extinguiendo especies a una velocidad muy elevada. A diferencia de las anteriores, en este caso la causa desencadenante es biológica, la acción de nuestra propia especie.
Juegan un papel muy importante porque, para defender algo, para proteger algo, lo primero es conocerlo. Si no se tiene un conocimiento científico y técnico básico sobre una problemática, es muy difícil entender sus consecuencias, las amenazas o los peligros que supone, y no se pueden tomar acciones o dar pasos para corregirlo.
Lo cierto es que no tengo una respuesta. Sobre todo porque en la actualidad hay muchas campañas y esfuerzos para fomentar las vocaciones femeninas en carreras STEAM. A mí me gustaría pensar que hoy en día, en el siglo XXI, cualquier niña, cualquier mujer que quiera estudiar una carrera STEAM, que tenga inquietudes por las ciencias, por la tecnología, tiene las mismas oportunidades que los hombres o que los niños para cursarlas. Entonces, si tienen las mismas oportunidades, en principio, ¿por qué están decidiendo no seguir ese camino y seguir otro? ¿Están recibiendo mensajes contrarios? Eso es algo que a mí, de verdad, se me escapa.
Más o menos. Suelo decir que hacia los seis años tenía clarísimo que quería ser científica, cuanto menos, sobre todo quería ser paleontóloga, porque me atraía muchísimo el estudio del pasado. También me gustaban la arqueología, la egiptología, y en general los temas relacionados con antiguas civilizaciones y mundos del pasado. Recuerdo en mi niñez ir al campo con mis padres y, en cuanto veía una piedra, ponerme a buscar fósiles, aunque buscaba donde no podía haberlos, pero eso no lo sabía una niña de seis años.
Bueno, pues que no se preocupe tanto por el futuro, porque si realmente apuesta por la profesión que le gusta y hace lo que a ella le inspira, al final todo acabará bien. Porque la vida del científico o la carrera académica es una carrera de fondo, es muy dura y requiere muchos esfuerzos. Cuando esa niña está empezando a estudiar, se decide por la Geología, luego por hacer una tesis en Paleontología, hay que ser muy fuerte para decir, «vale, yo sigo con lo que me gusta», porque las opciones que había de obtener un puesto de trabajo fijo en el futuro eran muy escasas. Pero soy muy tozuda, muy aragonesa, y aunque no me planteé en ningún momento tirar la toalla también pensaba constantemente en lo complicado que iba a ser el futuro. A esa niña le diría que no se preocupe tanto, que todo va a salir bien.