Cada año, el Día de la Educación Ambiental nos invita a detenernos y reflexionar sobre la relación que mantenemos con el entorno que nos rodea. No se trata solo de hablar de naturaleza, reciclaje o cambio climático, sino de enseñar a los más pequeños que forman parte de un ecosistema del que dependen y en el que también influyen.
Cada 26 de enero, cuando el invierno se afianza en el hemisferio norte y el verano despliega su esplendor en el sur, se celebra el Día de la Educación Ambiental. Una fecha que es mucho más que un recordatorio y que puede pasar a convertirse en una llamada a la acción reflexiva: un día para parar y preguntarnos cómo habitamos y compartimos este mundo. El objetivo es poner el foco en la educación como herramienta clave para afrontar los problemas ambientales actuales y futuros.
La educación ambiental no consiste solo en aprender datos sobre animales en peligro de extinción o sobre el cambio climático. Su finalidad es ayudar a comprender cómo funciona el mundo que nos rodea y cómo nuestras acciones influyen en él. A través de ella, niños y niñas empiezan a identificar acciones que tienen un impacto en el medio ambiente y que muchas veces pasan desapercibidas en la vida diaria.
Para descubrir de dónde procede la educación ambiental, es necesario emprender un viaje en el tiempo hasta la década de 1970, un periodo de creciente conciencia global. El modelo de desarrollo industrial comenzaba a mostrar grietas alarmantes y empezaron a producirse las primeras advertencias científicas sobre los límites del planeta. La primera vez que los representantes de distintos países se reunieron para hablar, de forma oficial, de estos problemas que estaba causando la actividad humana en el planeta fue en la Conferencia de Estocolmo, organizada por Naciones Unidas, el 5 de junio de 1972. Desde entonces en esa fecha se conmemora cada año el Día Mundial del Medio Ambiente.
Fue precisamente en la declaración de esta conferencia cuando el término «educación ambiental» apareció por primera vez en un documento oficial, pero no fue hasta 1975 cuando se habló más abiertamente de este concepto.
En un seminario internacional sobre educación ambiental organizado por la UNESCO y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) se convocó a educadores, científicos y políticos de diversos países para intentar responder a la pregunta de cómo prepararse para enfrentar los crecientes desafíos ambientales.
Fruto del encuentro se firmó la Declaración de Belgrado, que estableció los principios básicos de la educación ambiental y definió sus grandes metas. Entre ellas se encontraba la necesidad de motivar a la población mundial para que fuera consciente de los problemas medioambientales y participara activamente en su solución. Este documento sentó las bases para entender la educación ambiental como un proceso continuo, que no se limita a la escuela pero que tiene en ella un papel fundamental.
El impulso de Belgrado se fue concretando en otras conferencias internacionales. Una de las más importantes fue la Conferencia Intergubernamental de Tbilisi, en la República de Georgia, que se celebró en 1977. Aquí se acordó que esta educación debía ser un proceso inclusivo, que no estuviera dirigido solo a los estudiantes en edad escolar sino que fuera accesible a todas las personas, de todas las edades, y que se prolongara a lo largo de toda la vida.
En 1982, el PNUMA convocó en Nairobi a todas sus delegaciones para acordar una serie de medidas preventivas para la conservación de la biosfera. A la educación se le atribuyó el papel de aumentar la comprensión pública y política en cuestiones ambientales. Poco después, en 1987, se convocó en Moscú el Congreso Internacional sobre Educación y Formación relativos al Medio Ambiente. Contó con la participación de 250 expertos que se reunieron para hacer balance de lo que se había avanzado desde la Conferencia de Tbilisi y diseñar una estrategia internacional sobre educación ambiental para el decenio de los noventa. Se declaró la década 1990-2000 como el «Decenio Mundial de la Educación Ambiental».
Hoy en día es una prioridad en las agendas educativas y ambientales de muchos países, y el Día de la Educación Ambiental sirve como recordatorio anual de ese compromiso.
En el Día de la Educación Ambiental se establecieron unos objetivos muy concretos que se pueden adaptar al trabajo en el aula. El primero es la sensibilización: desarrollar la capacidad de observar el entorno inmediato (el aula, el patio de la escuela, el parque del barrio) con ojos muy atentos e identificar problemas concretos, manejables y cercanos.
Otro objetivo es fomentar valores como el respeto, la solidaridad y la responsabilidad. Hay que ayudar a los estudiantes para que entiendan que sus acciones afectan a otras personas, a otros seres vivos y al planeta en su conjunto. Se trata de desarrollar la empatía y la habilidad de ponerse en el lugar del otro, ya sea ese otro un niño afectado por una sequía en otro país o un animal que pierde su hábitat.
El tercero, y quizás el más distintivo, es el impulso a la participación activa. Es una educación para la acción, es decir, no se trata solo de entender las problemáticas ambientales, sino de reconocer el papel del ser humano en su generación, mitigación y resolución. No se limita a comprender la importancia de la biodiversidad, sino en realizar acciones directas como construir un hotel de insectos en el jardín o instalar casas para los pájaros en el parque. Al igual que tampoco se reduce a aprender la teoría del reciclaje, sino que los estudiantes deben diseñar y ejecutar un plan para mejorar la separación de residuos en la escuela.
No se trata de generar miedo, pero el cambio climático, la pérdida de especies, la escasez de recursos o la acumulación de residuos son desafíos a los que nos enfrentamos hoy. La educación es una de las principales herramientas para ayudar a comprender el mundo que nos rodea y enseñarnos a actuar con responsabilidad.
La infancia es un período fundamental para forjar hábitos y despertar la curiosidad. Este aprendizaje, además, no se queda en la teoría. A través de gestos sencillos, como regar una planta, observar una fila de hormigas en el patio o participar en un huerto escolar, los estudiantes establecen un vínculo afectivo con su entorno.
Más allá de lo ecológico, cuando los alumnos analizan un problema concreto, como el exceso de basura en clase o el derroche de papel, aprenden a pensar de manera crítica, a buscar soluciones y a trabajar en equipo.
La mejor forma de conseguir que el Día de la Educación Ambiental tenga un impacto real en el alumnado es acompañar la explicación teórica con actividades prácticas, como las que os ofrecemos desde Naturaliza, donde ponemos a disposición del profesorado propuestas didácticas que integran los saberes básicos del currículo con temáticas ambientales actuales, y fomentamos además la salida al entorno natural para reconectar con la naturaleza y aplicar aprendizajes de forma experiencial. A ello se suman iniciativas especiales como la Semana Redonda.
Para conmemorar esta fecha, desde Naturaliza organizamos todos los años una semana repleta de actividades en torno a diferentes temáticas: la Semana Redonda. La edición de este año pone el foco en las 7Rs y la economía circular, y tendrá lugar del 26 al 30 de enero.
Además de los recursos de la Semana Redonda, os compartimos algunos más para que no haya excusas para no celebrar el Día de la Educación Ambiental. Se puede empezar por una primera actividad tan sencilla como observar el entorno cercano. Vamos a organizar una «expedición de detectives ambientales» por la escuela. Equipados con lupas y cuadernos, hay que recorrer el patio, los pasillos, el comedor y los jardines, con la misión de identificar «pistas negativas» (dónde hay desperdicios, espacios descuidados) y «pistas positivas» (áreas bien cuidadas, ejemplos de ahorro, etc.). Después, los niños y niñas compartirán en el aula los descubrimientos y propondrán ideas para solucionar los hallazgos negativos.
La siguiente propuesta es inventar entre todos un cuento sobre el ciclo de vida de un objeto cotidiano. El profesor empieza el relato: «Érase una vez un árbol alto y frondoso. Un día llegaron unas máquinas y...». A partir de ahí, los niños van imaginando el viaje de esa madera: su transformación en papel en una fábrica, su viaje a una tienda, su llegada a la escuela como parte de un cuaderno… Pero también ¿qué pasa cuando ese cuaderno se termina? ¿Dónde va a parar?
La tercera actividad es la creación de su propio «Pacto Verde del Aula». La clase se reúne para ponerse de acuerdo en un pequeño conjunto de normas de funcionamiento ecológico. Pueden incluir acuerdos como «apagaremos siempre la luz cuando salgamos al recreo» o «cada viernes, un equipo diferente se encargará de regar las plantas». Este pacto se plasmará en un mural decorado por todos.
El Día de la Educación Ambiental puede ser una buena excusa para implicar a toda la comunidad educativa y a las familias. Se puede organizar una jornada de limpieza colectiva, siempre adaptada a la edad del alumnado y con las medidas de seguridad necesarias. Acciones sencillas, como recoger papeles y envases en una zona delimitada del patio o de un parque cercano, sembrar plantas en macetas para el pasillo de la escuela, o instalar comederos para pájaros en el patio.
Para seguir tendiendo puentes con las familias y que la educación de los pequeños continúe en casa, se puede proponer un «reto familiar de una semana», como intentar generar cero residuos de envases, calcular la huella hídrica de la casa, o identificar y reparar una fuga de energía (como ese cargador que siempre está enchufado sin necesidad).
Un buen cierre para este día puede ser organizar una pequeña «Feria de las Ideas Sostenibles», donde cada curso presente con maquetas, carteles, poemas o canciones, lo que han aprendido.
Los recursos digitales, como juegos educativos o actividades interactivas, también pueden ser útiles para reforzar el aprendizaje.
Películas y cortometrajes como «El hombre que plantaba árboles» o recopilaciones de videos pensados para primaria que abordan temas como el cambio climático, como los de Eduye, pueden servir de punto de partida para hacer un debate en clase sobre la conexión con la naturaleza.
También existen aplicaciones para trabajar en el aula la educación ambiental, con videojuegos sobre la naturaleza o el reciclaje, explicaciones sobre la contaminación y sus causas, tests sobre el cambio climático, mapas para visitar distintas zonas naturales en tiempo real, desafíos para mejorar los hábitos y mucho más.
Y, por supuesto, libros y juegos de mesa para que además de aprender los alumnos se diviertan.
No se trata solo de ver fotos de animales exóticos o memorizar nombres de los árboles. El Día de la Educación Ambiental es una oportunidad para que, a través de ejemplos cotidianos y actividades entretenidas, los niños entiendan que la naturaleza no es algo lejano. Es entender que nuestras acciones tienen consecuencias. Es, en definitiva, aprender que todos formamos parte de un mismo hogar y que nuestra obligación es respetarlo y protegerlo.