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Cada día usamos objetos, comemos alimentos, vestimos ropa y generamos residuos casi sin pensarlo. Sin embargo, detrás de cada acción cotidiana hay decisiones que influyen en el planeta. En este artículo recogemos algunos ejemplos de economía circular que nos proponen una forma distinta de producir y consumir, pensada para aprovechar mejor los recursos y generar menos desperdicios.
La economía circular es un modelo que propone aprovechar los recursos de forma inteligente para que los productos, los materiales y la energía sean útiles el mayor tiempo posible. A diferencia de otros sistemas, no se basa en usar algo y desecharlo, sino en pensar desde el principio qué ocurrirá con ese objeto cuando ya no lo necesitemos.
Para explicarlo en clase, puede compararse con la naturaleza. En los ecosistemas naturales no existen los residuos como los entendemos los humanos. Las hojas que caen al suelo se transforman en nutrientes para la tierra y vuelven a formar parte del ciclo de la vida. La economía circular se inspira precisamente en esa lógica natural.
Durante décadas, la mayoría de los sistemas productivos han seguido lo que se conoce como economía lineal. Es un modelo muy simple: se extraen recursos de la naturaleza, se fabrican productos, se usan y finalmente se tiran. Pero hay un problema evidente: los recursos del planeta no son infinitos. Además, al generar tantos residuos, se contamina el suelo, el agua y el aire. En cambio, la economía circular propone cerrar ese recorrido y convertirlo en un círculo continuo.
Mientras que en la economía lineal el final del proceso es la basura, en la economía circular el final es un nuevo comienzo. Un envase puede volver a convertirse en otro envase, una prenda vieja puede transformarse en una nueva, y los restos de comida pueden servir para crear compost que nutra la tierra. Esta diferencia es fundamental.
La economía circular parte de la idea de reducir al máximo el uso de recursos naturales, especialmente aquellos que no se pueden renovar. También apuesta por diseñar productos que duren más tiempo y que se puedan reparar fácilmente.
Otro principio esencial es la reutilización. Dar una segunda vida a los objetos evita fabricar nuevos productos y ahorra energía. A esto se suma el reciclaje, que permite transformar materiales usados en otros nuevos.
Por último, la economía circular también pone a las personas en el centro. No se trata solo de proteger el medio ambiente, sino también de crear empleo, fomentar el consumo responsable y mejorar la calidad de vida.
La economía circular enseña que los materiales no «se tiran», sino que pueden tener muchas vidas si se usan de forma responsable
La economía circular no es solo una teoría. Ya se aplica en muchos sectores y en la vida cotidiana.
La industria de la moda es una de las que más recursos consume. Algunas marcas han decidido cambiar esta dinámica utilizando materiales reciclados o sostenibles, fabricando prendas por ejemplo a partir de botellas de plástico recogidas del mar, redes de pesca o restos textiles, y apostando por materiales como algodón orgánico y tintes naturales, además de producir de forma responsable.
En clase, se puede pedir a los niños y niñas que un día determinado lleven una prenda que usen mucho o que tengan desde hace tiempo, como una camiseta especial. Cada uno responderá a preguntas sencillas: de qué material creen que está hecha, cuántas veces la han usado, qué hacen para que no se estropee y qué podrían hacer si se rompe o se queda pequeña. Después, se abre una conversación en grupo en la que se comparan ideas. También se puede hablar de prácticas para alargar la vida útil de la ropa como heredar entre hermanos o donarla para que otra persona la siga usando.
El desperdicio de alimentos es un problema importante. Solo en Europa el pasado año se generaron más de 58 millones de toneladas de desperdicio alimentario (130 kilos por habitante), mientras que más de 42 millones de personas no pueden permitirse una comida de calidad cada dos días.
Para hacer frente a esta situación, cada vez existen más iniciativas que buscan evitar que alimentos en buen estado acaben en la basura. En muchos supermercados, por ejemplo, se reduce el precio de productos con fechas de consumo próximas para facilitar su venta, y numerosas empresas venden o donan sus excedentes alimentarios con fines sociales. Estas prácticas no solo reducen el desperdicio, sino que también contribuyen a un uso más responsable de los recursos.
Para que los niños entiendan lo importante que es no desperdiciar, e implicar además a las familias en casa, se puede lanzar el reto de «Mi semana sin desperdicios». Los niños y niñas registran durante una semana lo que comen, lo que sobra y cómo se aprovecha cada alimento, con la ayuda de sus familias para planificar comidas, reutilizar sobras y conservar frutas y verduras.
Esta reflexión puede ampliarse al entorno escolar, promoviendo el desperdicio cero en los comedores escolares mediante acciones como ajustar raciones, aprovechar alimentos sobrantes o sensibilizar sobre el valor de la comida. Al final del proceso, el alumnado comparte sus conclusiones en clase y elabora de forma colectiva consejos prácticos para reducir el desperdicio alimentario dentro y fuera de la escuela.
Algunas empresas se centran en aprovechar materiales que otros descartan. En nuestro país tenemos el ejemplo de Hannun, la primera empresa española sostenible y regenerativa en el sector del mueble en Europa. Describen su producto como slow furniture, muebles hechos con madera recuperada.
Otro buen ejemplo es Alier, una marca con casi 200 años de historia, que lleva desde 1946, mucho antes de que la sostenibilidad se convirtiera en un objetivo global, persiguiendo el objetivo de producir papel 100% reciclado. Hoy dan una segunda vida a envases de bebidas, papeles laminados u otras fibras difíciles de reciclar.
Los aparatos electrónicos contienen materiales valiosos que pueden recuperarse. Existen iniciativas que recogen móviles, ordenadores y otros dispositivos para reciclar sus componentes o repararlos. Esto evita la extracción de nuevos minerales y que haya menos residuos electrónicos.
En otros países hay centros educativos que organizan la E-waste Race, en la que los alumnos compiten por recoger y reciclar dispositivos electrónicos antiguos, aprendiendo así la importancia de no tirar estos aparatos y reutilizar sus materiales.
Algunos comercios apuestan por envases que se pueden devolver y reutilizar muchas veces, como botellas de vidrio o recipientes rellenables. Un caso concreto en España es el proyecto Gourmet Bag 2024 en Gipuzkoa, a través del que bares y restaurantes piloto ofrecen envases retornables para que los clientes puedan llevarse las sobras y devolver después los recipientes.
Esta práctica se está extendiendo también en tiendas que venden productos a granel, donde el cliente puede llevar su propio recipiente reutilizable o adquirir uno en el establecimiento para usarlo tantas veces como quiera.
En la agricultura, la economía circular se aplica aprovechando los restos orgánicos. El compostaje transforma restos de comida y residuos vegetales en abono natural, cerrando el ciclo de los nutrientes y evitando el uso de fertilizantes químicos.
Se puede hacer compostaje en el huerto del colegio. Solo es necesario un pequeño contenedor o compostera donde se depositen restos de frutas, verduras, cáscaras de huevo y hojas secas. Con el tiempo, estos restos se descomponen gracias a microorganismos y lombrices, convirtiéndose en un abono muy nutritivo que se puede usar para enriquecer la tierra del huerto.
Algunas industrias aprovechan los residuos de unos procesos como recursos para otros. Por ejemplo, el calor sobrante de una fábrica puede canalizarse para generar energía o calentar otros edificios cercanos, reduciendo el consumo energético. Otras están experimentando con el agua utilizada en sus procesos, tratándola y reutilizándola para limpieza o refrigeración, lo que disminuye el consumo de agua limpia. También se pueden aprovechar materiales que antes se consideraban desechos, como plásticos o metales sobrantes, para fabricar nuevos productos dentro de la misma fábrica o de otras industrias.
A la hora de organizar la logística, hay empresas que reutilizan embalajes varias veces en sus envíos, para que cajas, palés o contenedores no terminen como residuos. Planificar con cuidado las rutas puede hacer que los vehículos recorran menos kilómetros, ahorrando combustible y reduciendo emisiones. El uso cada vez más habitual de vehículos eléctricos también hace que la movilidad sea más sostenible.
La incorporación de la economía circular en los centros educativos es una herramienta clave para introducir la cultura de la sostenibilidad desde edades tempranas. La escuela transmite valores y hábitos que pueden mantenerse a lo largo de toda la vida. A través de proyectos circulares, el alumnado aprende que los recursos no son infinitos y que sus decisiones cotidianas tienen un impacto real en el entorno.
Además, estos proyectos tienen un efecto multiplicador que va más allá del aula. Los aprendizajes adquiridos se trasladan a los hogares, convirtiendo a niños y niñas en los responsables en muchas ocasiones de incluir prácticas sostenibles en las rutinas familiares. En este proceso, el profesorado desempeña un papel fundamental como guía, fomentando una mirada crítica y responsable hacia el consumo.
Ayuntamientos y administraciones también aplican la economía circular. La gestión de residuos con programas de reciclaje selectivo y compostaje comunitario permite que los desechos se conviertan en recursos útiles. El uso eficiente del agua mediante sistemas de reutilización y optimización de redes reduce el consumo. Además, la compra de productos sostenibles y duraderos por parte de las instituciones fomenta un mercado más responsable y marca un ejemplo para la ciudadanía.
En el sector alimentario, por ejemplo, compañías como Danone España han desarrollado proyectos para reducir envases, aumentar el uso de plástico reciclado y valorizar subproductos de la producción láctea. Otras como Heura trabajan desde la reducción del desperdicio alimentario, ya sea reaprovechando excedentes o cambiando la forma de consumo.
En el ámbito de la construcción, empresas como Acciona o Holcim España están apostando por el uso de materiales reciclados, la reutilización de residuos de obra y el diseño de edificios más eficientes, pensados para reducir su impacto ambiental. Por su parte, en el sector energético, Iberdrola y Endesa desarrollan proyectos de economía circular vinculados a energías renovables, reutilización de componentes y gestión sostenible de infraestructuras.
En muchas ciudades españolas han surgido mercados de intercambio y redes de trueque donde los objetos cambian de manos en lugar de acabar en la basura, alargando su vida útil y reduciendo la generación de residuos. A esto se suman iniciativas como los bancos de tiempo, en los que las personas intercambian servicios sin dinero, reforzando la cohesión social y el aprovechamiento de habilidades locales.
La economía circular no solo ayuda al planeta, sino que transforma la manera en que vivimos y trabajamos. En lugar de tirar materiales o productos, los reutilizamos, los compartimos o los convertimos en algo nuevo, lo que genera nuevas oportunidades. Al mismo tiempo, este enfoque anima a las personas a colaborar, planificar y cuidar lo que tienen, desde objetos cotidianos hasta recursos naturales. Cambiar hábitos simples, como reparar, intercambiar o reciclar correctamente, puede tener un efecto positivo en la comunidad y en la economía local.
Existen múltiples formas prácticas de integrar la economía circular en el día a día de los centros educativos. Una de ellas es fomentar la reutilización del material escolar mediante talleres creativos en los que el alumnado dé una segunda vida a objetos que ya no utiliza. Estuches que se transforman en portalápices, cartones convertidos en cuadernos decorados, envases de yogur reutilizados como macetas para hierbas aromáticas o retales de tela que pasan a ser marionetas son solo algunos ejemplos.
También se pueden poner en marcha iniciativas colectivas, como intercambios de libros, juegos o material escolar entre el alumnado y las familias, o la creación de pequeños «mercadillos circulares» dentro del centro. A esto se suman actividades como el cuidado del huerto escolar, proyectos de reciclaje de papel, envases o plásticos, y talleres de manualidades con materiales reutilizados, que permiten aprender haciendo y refuerzan la idea de que reutilizar es una alternativa real y accesible al desecho.
La economía circular ofrece una manera clara y positiva de explicar cómo podemos cuidar el planeta sin renunciar al bienestar. A través de ejemplos cercanos y actividades sencillas, el profesorado puede transmitir a los alumnos que cada gesto cuenta.
Texto: Arantza García