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02 Septiembre, 2026
Una mañana, antes de empezar la clase, dos niños discuten porque los dos quieren el mismo cuento. Uno acaba llorando y el otro se enfada y cruza los brazos. La profesora podría limitarse a separarles, pero también puede aprovechar ese pequeño conflicto para preguntar qué ha ocurrido, cómo se siente cada uno y qué podrían hacer para solucionarlo, integrando integrando actividades para trabajar las emociones desde la educación infantil.
Ese momento es una oportunidad para trabajar las emociones y enseñar a los niños a reconocer lo que sienten, expresarlo y aprender poco a poco a manejarlo.
Trabajar las emociones en Educación Infantil significa aprovechar cuentos, juegos, conversaciones, dibujos, canciones, conflictos y situaciones cotidianas para ayudar al alumnado a poner nombre a lo que les ocurre. A estas edades, aprender a decir «estoy triste», «me da miedo» o «estoy enfadado» puede ser el primer paso para empezar a comprender una emoción y buscar una respuesta adecuada.
Las emociones están presentes durante todo el día en el aula. Aparecen cuando un niño se separa de su familia, cuando otro le quita un juguete, cuando consigue terminar un dibujo o cuando tiene que enfrentarse a algo que le resulta difícil. No son, por tanto, un contenido aislado, sino una parte de la experiencia diaria que influye en las relaciones, la atención y el aprendizaje.
La educación emocional también se desarrolla jugando, hablando, dibujando, escuchando historias y observando cómo actúan los adultos.
La investigación respalda la importancia de comenzar pronto. Una revisión y un metaanálisis publicado en JAMA Network Open analizó 79 estudios sobre programas de aprendizaje social y emocional en Educación Infantil, con más de 18.000 participantes. Los resultados encontraron mejoras significativas en competencia social y emocional, autorregulación y habilidades de aprendizaje, además de una reducción de dificultades emocionales y de comportamiento.
Otro estudio publicado en 2024 en Social and Emotional Learning: Research, Practice, and Policy observó cómo 48 docentes trabajaban con 213 niños de entre 2 y 6 años durante situaciones de emociones negativas. Los investigadores encontraron que estrategias como poner nombre a lo que sentía el niño, validar esa emoción y ayudarle a pensar qué podía hacer para regularla, estaban relacionadas con una mayor capacidad de autorregulación.
Los menores no aprenden a gestionar sus emociones simplemente porque un adulto le diga que tiene que tranquilizarse. Necesita experiencias repetidas, lenguaje, acompañamiento y oportunidades para practicar.
La educación emocional no se trabaja únicamente cuando hay un conflicto: también se desarrolla jugando, hablando, dibujando, escuchando historias y observando cómo actúan los adultos.
No todos los niños tienen las mismas capacidades para comprender o expresar lo que sienten. Una actividad que funciona muy bien a los cinco años puede resultar demasiado compleja para un niño de dos. Por eso conviene adaptar las propuestas a su desarrollo y plantear objetivos sencillos y alcanzables.
A estas edades, lo fundamental es comenzar a reconocer emociones básicas y relacionarlas con expresiones, gestos y situaciones conocidas. El profesor puede utilizar fotografías de caras, muñecos o dibujos y preguntar «¿está contento o triste?», «veo que estás enfadado porque querías ese juguete», etc.
Con los más pequeños funcionan especialmente bien las canciones y los juegos de imitación. El profesor puede poner diferentes caras y pedir a los niños que las imiten, exagerando la expresión para que puedan reconocerla. También puede utilizar un espejo para que observen su propio rostro mientras dicen «cara triste», «cara contenta» o «cara enfadada». No es necesario esperar que expliquen por qué sienten algo; a esta edad, identificar y nombrar ya supone un aprendizaje importante.
A los cuatro años se puede avanzar desde reconocer una emoción hacia relacionarla con una causa. Después de leer un cuento, por ejemplo, el profesor puede preguntar cómo se siente el protagonista y qué ha ocurrido para que se sienta así. También pueden aparecer emociones más complejas, como los celos, la vergüenza o la preocupación.
Una actividad sencilla consiste en plantear pequeñas situaciones imaginarias: «¿Cómo te sentirías si llegases al colegio y no estuviera tu amigo?», «¿Cómo crees que se sentiría alguien si todos se rieran de su dibujo?». No hay que buscar una única respuesta correcta. Lo importante es que los niños aprendan que una misma situación puede provocar emociones diferentes en distintas personas.
A los cinco años ya se puede trabajar con mayor profundidad la relación entre emoción, pensamiento y conducta. El docente puede preguntar qué sucede en nuestro cuerpo cuando estamos nerviosos, qué hacemos cuando estamos enfadados o qué podemos intentar cuando algo nos preocupa.
También es un buen momento para empezar a diferenciar entre sentir una emoción y actuar de una determinada manera. Un niño puede estar muy enfadado y, aun así, aprender que pegar no es una forma adecuada de expresar ese enfado. Esta distinción permite trabajar la autorregulación sin transmitir la idea de que existen emociones «malas» que deben esconderse.
Reconocer una emoción significa mucho más que memorizar su nombre. Los niños necesitan aprender a identificar señales en su propio cuerpo y en las personas que les rodean. Para conseguirlo, los juegos visuales, los cuentos y la conversación son recursos especialmente útiles.
El dado de las emociones puede convertirse en un juego sencillo para toda la clase. En cada cara aparece un rostro que representa alegría, tristeza, enfado, miedo, sorpresa o calma. Un niño lanza el dado y representa con la cara y el cuerpo la emoción que aparece. Después, el profesor puede preguntarle cuándo se ha sentido así.
Con el alumnado más pequeño basta con imitar la expresión. Con el mayor se puede añadir una pequeña historia. Si sale miedo, por ejemplo, pueden contar qué cosas les asustan y qué les ayuda a sentirse seguros. De esta manera, el juego pasa de reconocer una cara a comprender una experiencia emocional.
Los cuentos permiten hablar de emociones sin colocar a la persona directamente en el centro de la conversación. El protagonista puede tener miedo, enfadarse con un amigo, sentirse solo o alegrarse por haber conseguido algo. El docente puede detener la lectura y preguntar qué creen que siente el personaje y por qué.
Las tarjetas emocionales pueden utilizarse después para relacionar cada emoción con una escena del cuento. Incluso pueden colocarse en un espacio visible del aula y utilizarse durante la semana cuando aparezca una situación relacionada. Así, el vocabulario emocional deja de pertenecer exclusivamente a la actividad y empieza a formar parte de la comunicación cotidiana.
Trabajar las emociones no consiste en conseguir que el alumnado esté siempre tranquilo, contento o de acuerdo
Una vez que los niños empiezan a reconocer las emociones, el siguiente paso es ayudarles a expresarlas. No todos lo hacen hablando. Algunos necesitan dibujar, otros representar una situación y otros necesitan observar primero antes de participar.
Una propuesta muy sencilla consiste en entregar una hoja y pedir al alumnado que dibujen cómo se sienten ese día. No hace falta corregir el dibujo ni pedir que sea realista. Lo importante es que tengan una vía para expresar aquello que quizá todavía no pueden explicar con palabras.
Después, quien quiera puede enseñar su dibujo y contar algo sobre él. El profesor puede acompañar con preguntas abiertas, como «¿qué está pasando aquí?» o «¿qué te ayudaría a sentirte mejor?». Conviene evitar preguntas que presupongan una emoción concreta, porque el objetivo es escuchar al niño y no interpretar su dibujo por él.
Las marionetas resultan especialmente útiles cuando existe un conflicto entre compañeros. El docente puede representar con dos personajes una situación habitual: uno quiere jugar y el otro no, alguien rompe accidentalmente un dibujo o dos niños quieren el mismo juguete. Después, la clase puede proponer diferentes finales.
Reconocer y expresar una emoción es solo una parte del aprendizaje. Los niños también necesitan descubrir estrategias que les permitan recuperar la calma cuando una emoción resulta demasiado intensa.
La botella de la calma puede utilizarse como recurso visual para explicar qué ocurre cuando estamos muy alterados. Una botella transparente con agua y elementos que se muevan lentamente permite observar cómo el contenido se agita y después vuelve poco a poco a la quietud.
Más que utilizarla como una herramienta para «hacer callar» al niño, conviene acompañarla con una explicación sencilla: «Ahora estamos muy enfadados; vamos a parar un momento y respirar». El objetivo es enseñar que podemos detenernos antes de actuar impulsivamente.
El rincón de la calma puede ser un pequeño espacio del aula con cojines, cuentos, tarjetas de emociones, dibujos o algún objeto sensorial. No debería utilizarse como castigo ni como un lugar al que se manda a un niño que se ha portado mal. Su función es ofrecer un espacio para recuperar la tranquilidad.
El docente puede enseñar su funcionamiento cuando todos están tranquilos: explicar que cualquiera puede necesitar unos minutos, mostrar algunas estrategias sencillas de respiración y practicar juntos. De esta manera, cuando aparezca una emoción intensa, el niño ya conocerá el recurso.
La educación emocional también tiene una dimensión social. Comprender que otras personas pueden sentirse de manera diferente ayuda a construir relaciones más respetuosas. Una buena actividad consiste en plantear una situación cotidiana y preguntar cómo podrían sentirse los distintos personajes. «A Marta le han invitado a jugar, pero Pablo se ha quedado solo, ¿cómo puede sentirse cada uno?». A partir de ahí, los niños pueden buscar formas de incluir al compañero, pedir perdón, compartir o ayudar. En este sentido, los juegos infantiles al aire libre también ayudan a ofrecer un entorno diferente y relajado.
El patio, el parque o una salida a la naturaleza también pueden convertirse en espacios para trabajar las emociones mediante diferentes actividades medioambientales. Al aire libre hay más oportunidades para observar, moverse y relacionarse, y el cambio de escenario puede facilitar conversaciones que dentro del aula resultan más difíciles.
Una actividad sencilla consiste en pedir al alumnado que busque un lugar del patio que les transmita tranquilidad y expliquen por qué lo han elegido. Otro día pueden caminar durante unos minutos en silencio y después contar qué sonidos han escuchado y cómo les han hecho sentir. También se puede utilizar el movimiento: correr cuando estamos llenos de energía, parar, respirar y notar cómo cambia nuestro cuerpo.
Para que las actividades tengan efecto, es importante que la educación emocional no quede reducida al espacio del aula. El aprendizaje se construye especialmente en los pequeños momentos: cuando un niño llega triste, cuando dos compañeros discuten o cuando alguien consigue superar algo que le costaba.
Las personas adultas también enseñan con su propio comportamiento. Si el docente reconoce que está cansado, explica que necesita un momento de calma o muestra cómo resuelve un desacuerdo sin gritar, está ofreciendo un modelo que los niños pueden observar y reproducir.
En casa conviene mantener una línea similar. Preguntar «¿qué ha sido lo mejor de tu día?» o «¿ha habido algo que te haya enfadado?» puede abrir una conversación. También es importante no intentar eliminar inmediatamente las emociones incómodas. Decir «no pasa nada» cuando un niño está triste puede cerrar la conversación; decir «veo que estás triste, ¿quieres contarme qué ha pasado?» le ayuda a sentirse escuchado.
Desde los primeros años. En los niños de 2 y 3 años se puede comenzar identificando emociones básicas mediante gestos, imágenes y situaciones cotidianas. Después se puede avanzar progresivamente hacia la expresión, la empatía y la autorregulación.
No es necesario abordarlas todas a la vez. Es preferible comenzar con emociones cercanas y fáciles de reconocer, como alegría, tristeza, miedo, enfado y calma, y ampliar poco a poco el vocabulario emocional.
No conviene obligarle a contar cómo se siente delante de los demás. Puede observar, participar mediante un dibujo o utilizar una marioneta. La seguridad y la confianza son más importantes que conseguir que todos respondan en el mismo momento.
No tienen que ser siempre actividades específicas. Lo recomendable es integrar el lenguaje emocional en la vida cotidiana del aula.
Trabajar las emociones no consiste en conseguir que los niños estén siempre tranquilos, contentos o de acuerdo. Consiste en ayudarles a entender que todas las emociones tienen una función, que pueden expresarlas de diferentes maneras y que existen estrategias para afrontar lo que sienten.