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Aprendizaje cooperativo: la forma de construir un mundo inclusivo

Aprender a colaborar nos enseña a vivir en comunidad y a convertirnos en ciudadanos responsables involucrados en el desarrollo sostenible de nuestro planeta.

En un mundo cada vez más globalizado, las aulas cooperativas se están convirtiendo en la nueva forma de aprendizaje: colaborar o ayudarse entre compañeros en vez fomentar la competitividad y el individualismo es la dirección que está tomando el nuevo modelo educativo. ¿El motivo? Los retos mundiales que las sociedades del siglo XXI tienen que afrontar requieren un esfuerzo conjunto.

En un mundo cada vez más poblado y complejo, la capacidad de integración de los miembros del grupo y el trabajo en equipo es determinante no solo para salir adelante de forma individual, sino para solventar los desafíos locales y globales con éxito. Cada vez son menos las profesiones que se pueden desarrollar sin tener en cuenta a todo un equipo integrado por profesionales de diferentes disciplinas con el que, día a día, hay que resolver problemas y conseguir objetivos.

Para que los más pequeños sean capaces de adaptarse a un mundo con estas características, las escuelas cooperativas preparan a los alumnos para que se conviertan en actores activos, en ciudadanos responsables involucrados en el desarrollo sostenible del mundo del que, desde pequeños, forman parte. Así, el enfoque de esta alternativa educativa pone al alumnado en el centro del proceso de aprendizaje para enseñarle, a través de un modelo inclusivo que pretende derribar barreras, que el compañerismo y la colaboración son las claves del éxito. Ese tradicional «lo importante es participar y no ganar» cobra así más relevancia que nunca.

El aprendizaje cooperativo se basa en enseñar a los pequeños a ponerse de acuerdo sobre lo que hay que conseguir y cómo

 

Cómo son las nuevas escuelas cooperativas

El objetivo de este nuevo paradigma educacional radica en que, desde una temprana edad, los niños aprendan el valor de la cooperación, adquieran conocimiento y competencias para desempeñar en grupo y desarrollen habilidades sociales a través de la interacción con otras personas, organizando el tiempo y coordinando las tareas de manera conjunta. Por eso, el método se basa en una enseñanza que organiza las clases en grupos pequeños, heterogéneos e inclusivos donde los alumnos trabajan codo con codo para alcanzar objetivos comunes, resolver tareas y avanzar en el aprendizaje.

Se trata, en definitiva, de enseñarles a ponerse de acuerdo sobre lo que hay que conseguir y cómo, organizándose para conseguirlo, dividiendo tareas y decidiendo qué tiene que hacer cada uno. Esto implica analizar las características de las labores individuales, así como de los objetivos comunes, para determinar de la mejor manera posible qué actividad es más apta para cada uno. A edades tempranas, esto lo harán los profesores –que serán quienes las asignen a cada estudiante–, pero en cursos más altos serán los propios alumnos los que tengan la capacidad suficiente para saber cuáles son sus propias habilidades y qué destrezas aportan más al conjunto del proyecto para obtener los mejores resultados. A través de trabajos individuales se realiza luego una puesta a punto en conjunto para alcanzar las metas comunes, siempre vinculadas unas con otras.

 

El hecho de que los objetivos estén interrelacionados es el motivo por el cual los psicólogos sociales David y Roger Johnson, expertos de referencia en este campo y directores del Centro de Aprendizaje Cooperativo en Estados Unidos, dan un paso más y matizan que, con este modelo educativo, las metas de enseñanza y aprendizaje de cada alumno de forma individual solo se podrán alcanzar si los demás hacen lo propio con los suyos. La interdependencia positiva y la responsabilidad compartida son clave. Puesto que los alumnos tendrán éxito o fracasarán en equipo, existe un compromiso de grupo por alcanzar las metas marcadas y trabajar por el bien común. De esta manera, todos y cada uno de los miembros del equipo asumen la responsabilidad individual de realizar su tarea personal, que supone una parte esencial de la tarea colectiva. Algo que, inevitablemente, lleva a la reflexión conjunta, basada en un proceso de evaluación crítico, honesto y respetuoso que analiza las fortalezas y debilidades individuales para poder avanzar en grupo en la dirección correcta.

Los objetivos de aprendizaje individuales solo se pueden alcanzar si los demás consiguen los suyos

Estar implicado desde el principio en primera persona en un proyecto y ser responsable del resultado final motiva a los alumnos a dar lo mejor de sí mismos, mejorando considerablemente los niveles de aprendizaje. Motivación e implicación, así como destreza, tolerancia, empatía, respeto e igualdad son cualidades necesarias que se desarrollan al máximo con este modelo de educación cooperativa. Pero también se trabaja la iniciativa, la coordinación, la comunicación, el entendimiento, el sentido crítico o la capacidad de reflexión. Todas ellas aptitudes que empiezan desarrollándose en las aulas y que, el día de mañana, pondrán en práctica no solo como empleados en sus entornos laborales, sino como ciudadanos en la sociedad de la que formen parte. El aprendizaje cooperativo ayuda a que los más pequeños desarrollen capacidades que no solo les convertirán en profesionales empáticos, también les harán crecer y desarrollarse como seres humanos en un mundo líquido, cambiante e incierto que requiere de un nuevo paradigma educativo para que las comunidades sean resilientes ante los desafíos del siglo.

 

Texto:  Carmen Gómez-Cotta