Última hora ambiental

El legado de Jane Goodall: sesenta años de aprendizaje en la selva

El 14 de julio de 1960 Jane Goodall daba comienzo a una prestigiosa carrera con una investigación en Tanzania. Seis décadas después, la primatóloga pone el foco en los peligros con los que la pérdida de biodiversidad amenaza el planeta. Imagen: Fotograma del documental Jane, de Brett Morgen (National Geographic).

Corría el año 1960 cuando una jovencísima Jane Goodall se adentraba en las frondosas selvas de Gombe, Tanzania, decidida a observar y aprender todo lo posible sobre el comportamiento de los chimpancés salvajes. Fue el famoso antropólogo de Oxford Louise Leakey, para quien Goodall trabajaba de secretaria, quien descubrió que su paciencia y atención por el detalle, unido a su gran conocimiento sobre la fauna salvaje y su pasión por África, la convertían en la candidata perfecta para estudiar a estos animales que, según intuía y estaba dispuesto a demostrar, se comportan de una manera muy similar a los humanos. Hoy sabemos que compartimos con estos primates el 99% de la información genética.

Así, con solo 26 años, Goodall se adentraba en el Parque Nacional Gombe Stream sin saber que su innovador trabajo de campo revolucionará la manera de estudiar a los chimpancés: nunca nadie se había sumergido en su hábitat ni, mucho menos, había conseguido observarlos y relacionarse con ellos. Gracias a su entusiasmo y determinación, llegó a convivir con un grupo de estos animales que acabaría siendo como una familia a la que podía acercarse, tocar y, por supuesto, amar.

Goodall se dio cuenta pronto de que naturaleza, animales y humanos estamos interconectados

Observaciones de Jane Goodall

Una de sus más tempranas observaciones fue que a la hora de alimentarse los chimpancés llevaban a cabo un ritual parecido al de los humanos: cogían una ramita de árbol a la que despojaban de hojas, la introducían en un agujero y recogían las hormigas que luego se comían. Un gesto que bien recuerda a cuando nos llevamos una cuchara a la boca. Este análisis probó que había ciertos comportamientos que se asemejaban a los nuestros y sirvió para redefinir el concepto de cultura y naturaleza.

Defensora acérrima de la conservación del medioambiente, pronto se dio cuenta de que todo está interconectado: naturaleza, animales y humanos. Lo que afecta a unos, afecta a los otros también. La destrucción de los ecosistemas es, por ende, la de nuestro propio entorno. Esto le llevó a crear en 1977 el Instituto Jane Goodall, que trabaja para preservar no solo a los chimpancés, sino los ecosistemas en general, investigando y analizando la relación entre ser humano y naturaleza, lo que podemos aprender de ella y la necesidad de cambiar de paradigma cultural para construir un mundo basado en el respeto y la conexión con el medio natural.

También tardó poco en concluir la relación directa que existe entre conservación y pobreza: cuando eres pobre, explica la primatóloga, puedes llegar a talar los árboles de tu entorno para conseguir un poco más de tierra cultivable. Tu único objetivo es plantar alimentos que te permitan sobrevivir.

Por eso, Goodall asegura que si no eliminamos la creciente pobreza y desigualdad que hay en el mundo, no podremos frenar la destrucción de los ecosistemas. Pero para que la conservación de la naturaleza no se quedara en algo anecdótico y se convirtiera en una verdadera forma de vida que, además, fuese capaz de combatir la pobreza, Jane Goodall y su instituto decidieron ya en los 90 unir medioambiente y educación para construir un futuro mejor para humanos y animales.

Jane Goodall: «Hemos llegado a un punto de inflexión con el mundo natural»

Los adolescentes son claves en la transformación

Así, en 1991 creó el primer grupo de su programa  Roots&Shoots (Raíces y Brotes) en Tanzania con el que buscaba que los adolescentes del país pasasen a la acción y fuesen capaces de resolver a largo plazo los problemas que afectan al entorno de las comunidades del país y a la fauna que les rodeaba. Treinta años después, este programa de educación ambiental ha llegado a un centenar de países,  incluido el nuestro, donde ofrece a los más jóvenes herramientas de sensibilización que les permiten movilizarse por el medioambiente.

Poco más tarde, en 1994, pusieron en marcha el programa TACARE en las aldeas cercanas a Gombe, una iniciativa que busca acabar con el empobrecimiento y las desigualdades de las comunidades locales a través de la gestión sostenible de los recursos naturales, la protección del entorno y la biodiversidad, la educación y la salud.

Es importante entender desde pequeños que el entorno natural hace de barrera entre los animales y los humanos. Sin este, no hay parapetos que nos resguarden de contagiarnos con virus que nuestro organismo no es capaz de combatir. Jane Goodall nos mostró con antelación una de las enseñanzas de la pandemia que hoy conocemos. Por ello, frenar la pérdida de biodiversidad debería ser una prioridad. Porque, como advierte Goodall ante la situación que el mundo está viviendo actualmente, hemos llegado a un punto de inflexión con el mundo natural.

 

Texto: Carmen Gómez-Cotta